Acudimos a la práctica de la meditación (ya sea en movimiento o sentados) por todo tipo de motivos y desde muy diversos puntos de partida. Quizá porque un libro o un profesor nos ha inspirado o despertado nuestra curiosidad. O quizá hayamos estado intentando buscar una respuesta a nuestros problemas, y hemos visto los efectos beneficiosos de la meditación sobre algún amigo o compañero. Quizá incluso por alguna ambición de alcanzar la iluminación o lograr la unión con lo divino. Pero bajo cualquiera de estos impulsos que nos llevan a la práctica de la meditación, subyace la búsqueda de la paz, una necesidad básica de todo ser humano que intuimos posible, y el profundo deseo interior de dejar lo que estamos haciendo, de sentirnos en paz con nosotros mismos y con el universo.
Es curioso que encontremos tiempo en nuestras vidas para hacer tantas cosas que apenas nos aportan alegría o satisfacción, y sin embargo rara vez reservamos un momento del día para estar en silencio, sin movernos. La mayoría de nosotros vivimos en un mundo ruidoso y abarrotado y todos nos quejamos del ritmo estresante de nuestras vidas. Pero aunque aseguramos que queremos dejar de correr de un lado a otro, tomarnos un respiro, siempre buscamos alguna actividad accesoria, ya sea la tele o una revista, una bebida, o escuchar música. Siempre tiene que haber algún tipo de estímulo externo o tranquilizante químico que nos ayude a mudar nuestro estado de ánimo y alejar de nuestra mente los sentimientos de inquietud y desazón. Parece que tuviéramos miedo de enfrentarnos a nosotros mismos en silencio. Estamos tan sumidos en nuestras pautas de actuación, en la rutina diaria de nuestras vidas, en nuestra forma habitual de pensar y de reaccionar ante lo que sucede, que es difícil desconectar de una forma sencilla y natural.
Así pues, nadamos entre dos aguas, entre el deseo de alcanzar ese estado de sosiego que necesitamos y la resistencia a hacer realmente un esfuerzo por lograrlo. Para muchos de nosotros esta contradicción se mantiene hasta que llegamos a un grado de desesperación suficiente, o hasta que los estímulos y las drogas dejan de tener efecto, o las dos cosas a la vez. Con frecuencia este es el punto de partida así como el tema permanente de nuestro camino espiritual, un camino que comienza cuando nos damos cuenta de que tenemos que ser más valientes, menos pasivos respecto a nuestro estado. Se trata de enfrentarnos al aspecto espiritual de nuestro ser.
Es sólo cuando decidimos adentrarnos por un camino que hemos escogido y ver hacia dónde nos lleva, que empieza a producirse el proceso de transformación. Este primer paso –para algunos un paso gigantesco- hacia un terreno desconocido, es el comienzo de nuestra andadura espiritual. Toda la información que hayamos acumulado hasta entonces es como un mapa que podemos consultar. Sabemos que otros han pasado por un paisaje muy parecido, atravesando las mismas aguas. Además, es posible que haya amigos y aliados que nos señalen el buen camino. Pero tarde o temprano nos daremos cuenta de que nadie puede andar nuestro camino por nosotros. No podemos depender de la experiencia de otros, sencillamente porque el aprendizaje indirecto no nos puede ayudar. Tenemos que empezar a asumir la responsabilidad de lo que hacemos, y ello implica la voluntad de conectarnos con lo que sucede en nuestro cuerpo, en nuestro corazón y en nuestra mente, y descubrir quiénes somos y cómo surgió todo lo que llevamos dentro de nosotros. Solamente si velamos por nuestro propio bienestar y miramos en nuestro interior podremos, con el tiempo, conectar con esa capacidad inherentes de restablecer la armonía y el equilibrio y empezar a resolver las contradicciones.
Para ello se hace necesaria una disciplina como la meditación. Porque la meditación es un eficaz medio de conectar con nuestra vida interior, con el paisaje espiritual. Es una práctica que no requiere conocimientos ni un intelecto bien entrenado, sino esa inteligencia y sensibilidad naturales que ya existen dentro de nosotros, junto con la voluntad de exponernos a una situación que nos desafía a romper con nuestras pautas familiares y condicionadas de acción y reacción. En la meditación sentados, esto se realiza en una actitud inmóvil, y en una meditación en movimiento como el Tai Chi, a través del lenguaje del cuerpo.
Con una práctica constante, las cualidades meditativas se extenderán a nuestra vida diaria, ayudándonos a afrontar de otra manera nuestras relaciones y los desafíos y dificultades que surgen ante nosotros. No se trata de adoptar nuevas actitudes. Lo cambios externos se producirán como resultado de nuestras transformaciones internas.
Por último, considero que lo más importante es recordar que la meditación es una actividad de gran belleza. No es un deber que debamos desempeñar. No nos hace mejores que los demás. En algunos casos no necesariamente nos ayudará a resolver los problemas a los que nos enfrentamos. Pero lo que sí hace es ayudarnos a llevar una vida más plena y generosa. Esto significa estar más conectados con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea, tener la capacidad de descansar y volver a un centro de serenidad en cualquier momento, a pesar de nuestras dificultades, estar en contacto con la dimensión luminosa de la realidad que hay detrás de la imagen y las descripciones, conocer el amor y la unicidad en nuestros corazones. Por todo ello, creo de todo corazón que la meditación puede contribuir a llevar más alegría y paz a nuestras vidas, así como a sanar el mundo en que vivimos.
(Texto de Tew Bunnag)
Busca la paz
Vive en paz
Ama la paz
Rudolf Steiner