El Tai Chi es aceptado y reconocido como un sistema práctico y comprensivo de mantener la salud y el bienestar. No exige capacidades energéticas superiores a lo normal en cuanto a coordinación y agilidad. No precisa la concentración de la fuerza muscular ni una resistencia especial. Ni siquiera la edad es un obstáculo para su práctica. Contrariamente a muchos otros sistemas de ejercicio en los que el practicante se ve obligado a abandonar llegado a cierto punto, el Tai Chi es para toda la vida. No sólo el joven y el viejo disfrutan de Él sino que, con los años, el beneficio y la destreza físicas que proporciona, más que disminuir, incluso aumentan y se intensifican. No es una disciplina para especialistas. Todo el mundo puede practicarla.
Como método de ejercicio el objetivo general del Tai Chi es mejorar la flexibilidad y la sensibilidad, así como proporcionar sensación de vitalidad. Al igual que otras artes curativas chinas, considera el cuerpo como un organismo que contiene energía vital o Chi, la cual fluye a través de unos canales específicos o meridianos. Así pues, la función principal de la práctica del Tai Chi es asegurar la continuidad de este flujo sin que se entorpezca, y, lo que es más importante, que esté equilibrado entre las dos cualidades llamadas Yin y Yang, que son, esquemáticamente hablando, las cualidades de expansión y contracción. Fuerza y elasticidad –objetivos contradictorios en muchos otros sistemas- se desarrollan en el Tai Chi de forma que la energía ni se vuelva demasiado rígida, ni se disperse en exceso.
Este trabajo con el Chi se lleva a cabo mediante una secuencia de movimientos lentos, semejantes a una danza, llamada la forma. Asimismo se utilizan los patrones rítmicos de respiración del Chi Kung y un conjunto de ejercicios de estiramientos y otros diseñados para liberar el cuerpo de la tensión y la agitación.
Al mismo tiempo, el aspecto marcial del entrenamiento, ayuda a tonificar y revitalizar la musculatura y los órganos.
Pero la valiosa contribución del Tai Chi, no sólo obedece a que se trate de una disciplina física equilibrada. El arte contiene otro valor esencial, un componente que, de nuevo, lo distingue de otras aproximaciones a la salud: el carácter holístico de la práctica. Con ello quiero decir que en la tradición del Tai Chi la salud física nunca está separada del bienestar emocional y mental. La purificación y el fortalecimiento del cuerpo no son fines en sí mismos, sino la base a partir de la cual integrar otros niveles de nuestras vidas: un cuerpo en condiciones, un corazón libre de ansiedad, abierto y generoso, una mente clara y despierta, es una imagen de esa salud global que aunque pueda parecer utópica nos pertenece por nacimiento.
En el Tai Chi los aspectos más profundos de la práctica se dedican a la recuperación de este sentimiento de totalidad e interconexión que muchos pierden en el caos de la actividad cotidiana, es un proceso de curación que se inicia con el reconocimiento de los esquemas de desequilibrio, estrés y conflicto que hemos acumulado. A través de una práctica regular y constante, podemos aprender cómo trabajar con ellos y reemplazar lo perjudicial por lo vivificante. Este elemento terapéutico del arte es muy valioso.
Para aquellos que tienen que vivir y trabajar en las condiciones agresivas de los modernos espacios urbanos, en los que el problema consiste en cómo afrontar el estruendo del tráfico, el ritmo vertiginoso y otras presiones, la práctica del Tai Chi puede proporcionar una forma de recomponer nuestra fragmentación y devolvernos al centro, enseñándonos a dejarnos ir, frenar el ritmo y reencontrar la tranquilidad y la paz.
Otra dimensión del arte es el hecho de que, subyaciendo a las prácticas exteriores, un trabajo interior simultáneo desarrolla ciertas cualidades de nuestra conciencia natural. Por ejemplo, la cualidad que llamamos “escuchar”, que es una exquisita y sutil percepción, el sentido de la oportunidad, la cualidad de la calma y la paz.
El Tai Chi, al ser una de las artes marciales internas, proporciona la situación y los medios mediante los cuales el practicante puede explorar y realizar su más hondo potencial humano. En el Tai Chi no existe distinción entre el elemento interno –el aspecto espiritual- y el externo o físico, se refuerzan y potencian el uno al otro y ambos reciben la misma consideración.
El arte del Tai Chi permite ser abordado a cualquier nivel o a todos en conjunto: como arte marcial, como forma de ejercicio, como terapia o como práctica espiritual. Son todos aspectos del aprendizaje que se fusionan y solapan. Quienes acudan a Él para aprender un arte marcial podrán descubrir también su propia naturaleza espiritual. Los que deseen practicar la meditación en movimiento tal vez se sorprendan por las tensiones con las que deban trabajar primero. La riqueza del entrenamiento estriba en que, a menudo, nos da algo que no estábamos buscando necesariamente.
Hay una gran diversidad en las personas que se acercan al Tai Chi, diferencias de edad, constitución, aspecto, educación, clase, raza y motivación. La belleza del Tai Chi radica en que todas estas diferencias se desvanecen durante la práctica y que, en lugar de alineación y separación, puedes comunicarte simple y llanamente y estár unificado mediante el entrenamiento, gracias a un vocabulario común que elude el complejo intercambio del lenguaje oral, utilizando el lenguaje del tacto y la sensibilidad del cuerpo y el corazón.
(Texto de Tew Bunnag)
Tu pensamiento sea humano, impersonal.
Tu sentimiento íntimo, vivo.
Tu voluntad enérgica, libre.
Rudolf Steiner
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